LAS IMÁGENES DE LA CAVERNA. Gustavo Martín Garzo

Tête – Bêche 20, 2005. Óleo y acrílico sobre lienzo. 90 x 180 cm

Somos habitantes de la caverna y el arte no es sino la huella que deja nuestra mano en la roca. Queremos que se abra la roca y empujamos con fuerza para que el mundo pueda aparecer con todos sus dones: sus bisontes, sus ciervos, sus cópulas y sus danzas. O dicho de otra forma, el habitante de la caverna siempre ha soñado con una realidad ajena a la oscuridad de su morada. Y eso es lo que espera del arte, que le enseñe a mirar más allá de su propio temor, a ver donde antes no fue capaz de ver. Pero ¿qué pasaría si nos detuviéramos ante las imágenes que pueblan esa oscuridad, si llegáramos a amarlas no por lo que tienen de simples reflejos de una realidad distinta, sino por sí mismas? Eso hace Amadeo Olmos, se vuelve hacia las paredes de la caverna y se detiene a contemplar ese mundo de imágenes. No le mueve el anhelo de realidad, sino de irrealidad. El pintor para él es un cazador de sombras.

La pintura se transforma así en una práctica secreta que busca entregarnos un espacio nuevo. Un espacio que dé cabida a las imágenes de la realidad, pero también a las que pueblan nuestras fantasías y sueños. O dicho de otra forma, para Amadeo Olmos la tarea del pintor no es dar testimonio de lo real, sino dar lugar a una realidad nueva, una realidad hecha de la misma sustancia que nuestras pesadillas y nuestros pensamientos. Y esta exposición participa por igual de ese espacio del pensamiento y de la pesadilla. Me atrevería a decir que la honda emoción estética que nos produce surge  de esa cualidad tan suya de ofrecerse como algo para comprender.

Todos los cuadros de esta serie surgen de hacer coincidir en el espacio de la pintura dos realidades distintas. Realidades que discurren en mundos paralelos y que sólo el azar, o el capricho del pintor, ha querido reunir ante nuestra mirada. Podría tratarse del mundo real y del mundo soñado. De hecho, mantenemos con sus imágenes una relación semejante a la que tenemos con las imágenes de nuestros sueños. También con las del cine, o incluso con esas imágenes que perteneciendo al mundo de la publicidad, o de las revistas, invaden nuestras vida cotidiana. Pero Amadeo Olmos no quiere que perdamos de vista su condición de imágenes. “No te doy la realidad, nos dice, sino las imágenes que la pueblan”.  Y por eso nos las ofrece a través de una presencia intermedia, que sitúa en primer plano. Una presencia que nos distancia de las imágenes del fondo, obligándonos a tener presente su naturaleza fantasmal. Cuando esa presencia es una figura humana, suele estar de espaldas o tiene los ojos cerrados. Lo que vemos detrás podría ser su sueño o sus pensamientos más secretos. Pero muchas veces ese primer plano está ocupado por un tronco o una pequeña rama. En ese caso ¿de donde vienen las otras imágenes? Podrían ser imágenes escapadas de los sueños de hombres ausentes. Imágenes que vagan por el espacio y que por un momento se reflejan en las paredes de la caverna. Como si nos dijeran: “vivimos rodeados de simulacros, de sombras, de fantasmas”.

No parece que ese mundo de atrás tenga que ver con el nuestro. Ni siquiera en los casos en que lo que vemos son unos ojos tendremos la impresión de sentirnos observados por ellos. No nos espían, tampoco nos piden o esperan nada. Permanecen distantes y ajenos, sin comunicación. Un mundo de habitaciones misteriosas, de ciudades distantes, de personajes entregados a tareas enigmáticas, de sombras que se deslizan silenciosas a nuestro lado. Que no podemos visitar ni por el que podemos ser visitados. Podría tratarse del mundo de la muerte.

Tampoco las imágenes que aparecen en el primer plano del cuadro nos ofrecen ninguna clave. Si son personas, nunca nos miran. A veces se tapan con las manos o tienen los ojos vendados. En uno de los cuadros lo que vemos es una mano que nos prohíbe avanzar. En otro, el más grande, una mujer alza su dedo y señala el vacío. “No se puede”, nos dice. Pero no nos explica por qué. Tampoco hay tensión dramática. Casas vacías,  criaturas ensimismadas, ojos que nos miran desde un lugar en el que están eternamente solos, eso es lo que vemos al contemplar estos cuadros. Un mundo hecho de fragmentos, de pérdidas terribles. El mundo de los ahogados en el fondo de los lagos, de los amantes abandonados en la desolación de sus sueños, de los habitantes de la irrealidad. El mundo de todos los que no pueden volver. Eso es la pintura para Amadeo Olmos, el lugar de la ausencia. ¿Sólo de la ausencia? Entonces ¿por qué pintar la hoja delicada y perfecta, el tronco bañado de luz, el rostro de alguien que duerme? Todos recorremos caminos extraños, nos dicen estos cuadros, pero ¿podemos hacer otra cosa…?

Gustavo Martín Garzo

2018-11-28T10:11:14+00:00